El aliado del ego y el enemigo del Alma

Irene S. nos convoca a través de sus palabras a redefinir qué entendemos por cuerpo. ¿Hay una sola forma? ¿Hay un solo tipo? El cuerpo no lo es todo, pero sin él no somos nada.

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Ilustración de Patricia Corrales

Sé valiente. ¿Qué es lo primero en lo que piensas al escuchar la palabra cuerpo? Quizá pienses en esa mujer de anuncio que tanto admiras mientras comparas su apariencia perfecta con la imagen que tienes sobre ti. O tu mente te lleve directamente al bombero cañón del calendario pegado en tu nevera. Puede que pienses en el verano donde todes mostramos más carne y menos vergüenza, en ese cuerpo que tuviste y que ya nunca tendrás, en ese pecho más grande que el otro, en esa amenaza llamada celulitis a la que le gusta apoderarse de tus cartucheras, o en esa flacidez con la que discutes a menudo cuando te dispones a elegir que ropa ponerte.

CUERPO, una palabra con miles de connotaciones en las que poder perderse y refugiarse al mismo tiempo. Existen tantos tipos de cuerpos como personas estamos en el mundo pero al parecer a las mujeres nos dividen en tan sólo cinco formas posibles y ahí, nacen la mayor parte de nuestros complejos.

Si tiendes a acumular tu grasa en el abdomen eres de tipo manzana, si por el contrario se te acumula en caderas eres más bien pera, si tu espalda es más ancha que tus pantorrillas no te queda más remedio que pertenecer al grupo del triángulo invertido, si gozas de pecho, glúteos firmes y cadera definida eres el ansiado y envidiable reloj de arena y sin embargo, si tus curvas no están muy marcadas o más bien son invisibles, será fácil catalogarte como mujer plana o de carácter rectángulo. 

Así de fácil queridas hermanas, somos figuras geométricas esperando a que alguien halle en nuestra estructura todas sus imperfecciones mientras nos analizan y describen. Ocupamos un área y un volumen, y si no cumplimos o ni siquiera nos acercamos a las coordenadas establecidas entre nuestro pecho, cadera y cintura 90-60-90 sufriremos, sufriremos mucho.

No solo las mujeres somos víctimas de esta avalancha inhumana de juicios, prejuicios y ambigüedades. A todes por igual nos perjudican estos dogmas de excelencia orientados a obstaculizarnos y minimizarnos .

En mayor o menor medida a todes nos han invadido en algún momento estos patrones de belleza, expuestos a todas horas en forma de publicidad en diversos medios de comunicación. Y así vivimos. Alejándonos del espíritu y adentrándonos en el ego en su máximo esplendor .

Vivimos condicionados por nuestro aspecto físico más que por nuestras capacidades personales, focalizando nuestra atención en nuestra figura, pensando que así trabajamos de manera paralela todos los aspectos de nuestra mente y todas nuestras inseguridades. 

Vivimos depositando nuestra energía creando una imagen segura, firme y superficial en la que muchas veces olvidamos la esencia real de nosotres mismes o la modificamos para así, poder ser aceptades por el resto. Vivimos distorsionando la percepción de nuestras necesidades y anhelos dejándonos engañar por estereotipos y apariencias que rige la sociedad y que nosotros seguimos sin cesar.

Hombres erguidos, esbeltos, con espalda ancha, brazos y abdominales marcados, piernas fuertes y manos grandes y EXITOSOS.

Las mujeres sin flacidez, piernas firmes pero sin pasarse, que si no pierden su feminidad. Tripa plana, pecho grande, en su sitio, las nalgas bien en pompa y por supuesto ATRACTIVAS, GUAPAS DE CARA

Admiro a las mujeres atléticas, a esas deportistas que siguen su vocación alejándose de ese prototipo femenino que las revistas venden. A las boxeadoras, nadadoras y en definitiva a todas las gimnastas que endurecen sus masas y disminuyen su pecho. 

Admiro a las que no les importa haberse engordado o no poder aumentar de peso. De verdad que lo hago, porque no creo que haya muchas. Desafortunadamente los estudios afirman que los trastornos de la alimentación afectan mucho más a mujeres que a los hombres, ocupando más de un 80% de sus casos, mientras que en la vigorexia prevalecen los hombres como los más afectados por este desorden mental.

Admiro a las mujeres que eligen estar con hombres que no se ven envueltos en estos juegos mentales tan peligrosos y que no depositan todas sus frustraciones en la talla de su camisa. 

Admiro a los hombres que ven mucho más allá que un cuerpo en una mujer, que aman y respetan lo que ellas comparten con ellos y lo que no, también. 

Admiro a todes quienes que se sienten libre con su cuerpo, hacen y deshacen con él lo que quieren. Se cambian de acera, de sexo y de aspecto. Admiro a las mujeres que abortan y a todo aquel que las defiende.

Admiro a quien se mira en el espejo y sonríe, a quien no se evalúa constantemente ni piensa como le ven o no los demás, a quien no se juzgue por comer hidratos a diario y a quien disfruta de ir a la playa. A quien cuida su cuerpo sin obsesiones. Sin exigencias ni maltratos, valorando y mimando cada parte de él. 

Admiro todavía más al que sufre por no aceptarse, al que experimenta en su propia piel toda esa tortura que trae consigo la búsqueda por la perfección. Al que día a día se enfrenta a su lucha interna, resistiendo e intentando mejorar y sanar al mismo tiempo.

Admiro a quien comparte su cuerpo con otres, por placer, por diversión o por pura curiosidad. Admiro en este caso mucho más a las mujeres, ya que somos las que peor paradas salimos al hacerlo. Admiro también a quien no lo necesita. A quien decide no hacerlo y disfruta siempre del mismo cuerpo a su lado. 

Admiro a quien respeta sus limites y las de otros. A quien cree que hay muchos más cuerpos que el que podemos ver y a quien piensa que sólo desde este plano físico, nuestro espíritu y nuestra alma encuentran la manera de ponerse en contacto con nosotros.

Al final, no somos más que el conjunto de diferentes cuerpos ya sean etéricos, astrales, mentales o celestiales intentando encontrar la manera de vincularse entre sí, formando cadenas y dándonos información sobre nosotres mismes en este plano físico y real. 

Definitivamente, admiro a quien se atreve a ver algo más que su propio reflejo cuando se mira en el espejo, a quien se cuestiona, investiga y descubre quién quiere y desea ser.

Ojalá hubiera espejos con los que poder mirarnos hacia dentro. Quizá para eso nos sirven les demás, para ver en elles, lo que en nosotres, somos incapaces de ver.

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