¿Qué le dirías a tu yo adolescente? Un viaje en el tiempo.

Este es un encuentro con mi yo adolescente y una propuesta para que tú también, si quieres, puedas hacerlo.

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Ilustración de Yolanda

Hace un par de años me encontré una carta que me escribí a mi misma con 18 años recién cumplidos. Se suponía que tenía que haberla leído a los 30 pero lo olvidé y lo hice con 37. Me hice esperar pero al menos aquella carta había sobrevivido a varias mudanzas, a rupturas, a amistades ganadas y perdidas, a duelos, penas y alegrías.

Me encantó leerme y comprobar que algunas cosas permanecían inmutables en mí. También vi como otras cosas, que en ese momento consideraba importantísimas, ya no lo eran. Descubrí que había cumplido alguno de los sueños de mi yo adolescente y otros me resultaban ajenos, ya no iban conmigo.

Imaginé qué pasaría si, como si se tratase de una película de ciencia ficción, pudiese abrir una puerta y encontrarme conmigo misma en la que fue nuestra habitación. Y ocurrió.

Me encontré con ella -conmigo- tirada en la cama en bragas y camiseta sumergida en un libro y con los cascos del walkman puestos. El inconfundible sonido de la cinta de cassette girando me sumergió de lleno en el momento. Algo de ropa tirada en el suelo y unos apuntes abiertos en la mesa esperando ser leídos. Un corcho con fotos, entradas de conciertos, pulseras y recuerdos.

Vi su mirada recorriendo mi ropa, mi cuerpo. Observaba su tamaño, sus cicatrices, tatuajes, sus marcas, estrías, arrugas y la búsqueda de canas mientras se quitaba los auriculares. Entendí su primera reacción porque el cuerpo -y sobre todo el cuerpo de las mujeres- es algo muy presente durante la adolescencia y yo no me libraba de ello.

Miró si estaba cerrada la puerta, si alguien podía vernos y oírnos porque enseguida supo que esto era algo que quería para ella, para nosotras. Le dije que no se preocupase, que todo el tiempo que permaneciera yo ahí con ella sería una burbuja en el tiempo que solo nosotras podríamos vivir y sentir. Aliviada no se lo pensó dos veces: abrió la ventana, sacó el paquete arrugado de tabaco Fortuna que tenía escondido en una mochila, se sentó en la cama sobre sus piernas y me ofreció uno con una sonrisa.

Estuvimos hablando y no paramos de hacernos millones de preguntas. Compartimos miradas, historias, risas, advertencias, ánimos, abrazos. Fue un momento mágico.

Me di cuenta de que tenía mucha suerte, era una privilegiada, ya que me caía bien a mí misma y eso no es algo que todo el mundo pueda decir. Le expliqué a mi yo adolescente qué cosas de aquella carta ya no sentía como mías y cuales sí. Me las rebatía y las dos estábamos asombradas y divertidas. Ella descubriéndose y yo reencontrándome.

No quise advertirle de muchas de las tristezas que viviríamos. Tampoco quise exigirle que avanzase antes a las conclusiones y aprendizajes a los que llegaríamos más tarde porque sabía que todo iría bien y que apreciaría en un futuro todos esos momentos, aunque algunos doliesen como si te atravesasen con una katana en llamas.

Lo que le hice saber es que estaría bien. Estaríamos bien. Y pensé en todas esas personas que, si tuviesen esta oportunidad, tendrían que llegar cargadas de advertencias, de consejos, de cuidados para sobrevivir lo que vendría. Volví a sentir lo afortunada que era y soy, y agradecidas nos despedimos.

La realidad es que la adolescencia puede ser una etapa maravillosa a la vez que cruel y dolorosa. Pero, a veces, hacer este ejercicio de imaginarnos qué nos diríamos y qué nos respondería ese yo adolescente, puede darnos muchas respuestas.

Nos puede enseñar qué es lo que nos marcó -para lo bueno y para lo malo-, qué es lo que nos gustaría que nos hubiesen dicho o qué necesitábamos o anhelábamos en ese momento. También nos puede ayudar a ver si eso es algo que seguimos necesitando, para dárnoslo ahora, para hacer un viaje en el tiempo y abrazar esa persona que fuimos y sigue ahí dentro. Esa conversación nos puede llevar a darnos cuenta de si queremos cambiar algo de lo que estamos viviendo, a conectar con lo que somos y con lo que queremos ser. A distinguir entre las expectativas de las demás personas y las que son genuinas y nuestras.

Por eso te animo a que hagas ese viaje. A que te sumerjas en un momento de tu adolescencia y hables contigo. Y, si tienes miedo o consideras que no es un lugar seguro para ti, lo hagas acompañada con alguien.

Porque dentro, ahí dentro de ti, siguen acompañándote las personas que fuiste: en tu infancia, en tu adolescencia, en todo. Y abrazar esas partes ahora puede ser un viaje maravilloso.

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