La ciudad no nos deja ser libres

Si hay un espacio donde une puede ser libre es ahí, en la ciudad. Cientos de miles de personas pasan al lado nuestro durante todo el día y nadie nos conoce. La libertad está al alcance de nuestras manos. Pero… ¿cuánto de todo eso es real y verdadero para las mujeres?

Ilustración de Patricia Corrales

Vivo desde que nací en la ciudad capital de Argentina, Buenos Aires. Una ciudad que escuchamos designar a les turistes como una de las más bellas de Latinoamérica. Las calles de mi ciudad son preciosas, los edificios del centro rebosan de un estilo francés aggiornado al siglo XX y las posibilidades de entretenimiento, disfrute, interacción social, participación son infinitas. Todos los días hay eventos ocurriendo en mi ciudad y eso es lo que amo tanto de vivir en un lugar así.

Pero en los últimos tiempos he comenzado a reflexionar sobre por qué el lugar donde vivo puede convertirse para mí en un lugar peligroso. Bah, en realidad comencé a pensarlo y a sentirlo en la adolescencia, cuando noté la mirada masculina, ajena sobre mi cuerpo y perdí la libertad, la ingenuidad y la felicidad de disfrutar cada momento en la vía pública sin tener que pensar en los temores que hoy son normales. La ciudad no es un lugar amigable para las mujeres. Eso lo he ido descubriendo con el tiempo. Y hoy, con todos los avances que observamos respecto de las luchas feministas, aún queda un largo camino que recorrer.

La mirada masculina y el adiós a la inocencia

Recuerdo como si fuera ayer aquella vez en la que me sentí triste e incómoda. Habíamos salido a caminar mis hermanas, mis padres y yo. No tendría más de 14 años. En la calle vacía de domingo un grupo de muchachos que hablaban escandalosamente y sin disimulo hicieron silencio cuando pasamos por donde estaban ellos. Supongo que la presencia de mi papá fue la que impidió que dijeran alguna grosería o que hicieran alguna observación sobre el físico de alguna de mis hermanas, mío o incluso de mi mamá. Pero la situación fue tremendamente incómoda para mí que por primera vez me encontré pensando «¿qué fue eso?». Empezaba mi adolescencia y a darme cuenta que caminar tranquila sin sentirme observada por la calle era desde ese día algo de lo que debía despedirme.

En mi caso particular, nunca sufrí del acoso callejero como si lo sufren otras mujeres pero sí comentarios desagradables, críticas sobre mi cuerpo o mi gordura y siempre, pero siempre la mirada silenciosa que marca, aunque no se diga nada, que estás siendo observada porque tengo la libertad/impunidad de hacerlo y que lo notes.

En la ciudad estamos permanentemente rodeades de extrañes que no nos conocen y a les que no conocemos. Es aún más molesto sentir que alguien que no tiene nada que ver contigo se toma la libertad para invadir tu espacio, decirte cómo tenés que ir vestida, qué opina de tu cuerpo o si está mal que vayas comiendo por la calle. En mi caso, nunca me animo del todo a hacer esto último por miedo a que algún hombre que pase cerca me haga algún comentario desubicado o se burle de mi peso y de que no tuve otra opción de almuerzo que un paquete de papas fritas. Es más, me encuentro en mi cabeza justificándome anticipadamente si no me queda otra, preparándome para un posible ataque.

La ciudad no es un lugar para circular libremente, haciendo lo que queremos, pensando en lo que queremos y no teniendo que pensar en lo que no queremos, observando las callecitas, los edificios o los árboles sin que una voz o una mirada fuera de control nos saquen de eje y nos hagan sentir humilladas por el resto del camino.

La ciudad como espacio prohibitivo del cuerpo femenino

Siempre consideré como un fenómeno altamente llamativo que mientras sea la ciudad el espacio donde más circula el cuerpo femenino desnudo o sexualizado en publicidades e imágenes publicitarias de todo tipo, sea al mismo tiempo ese cuerpo femenino, el real, al que más se juzgue, controle y prohiba.

Las calles de la ciudad, las plazas, los bancos, las esquinas, las avenidas, los recovecos no están ni por asomo preparados para el cuerpo femenino libre. Aún hoy en día es ofensivo que una mujer amamante a su bebé, por eso la sensación del momento son estas hermosas mantas que sirven para tapar no sólo al bebé amamantando sino también y especialmente cualquier atisbo de seno femenino que pueda asomar entre la ropa y la boca del recién nacide. ¿Qué es lo que nos pasa que sólo aceptamos los senos femeninos como zona erógena y no como parte de un cuerpo como cualquier otro? ¿Por qué el cuerpo femenino es el que debe siempre ocultarse de la mirada ajena?

Esta misma situación ocurre cuando hablamos de las «reglas» de vestimenta, que parecen regir con mucha más seriedad para la mujer que para el hombre. Es común en toda gran ciudad toparse con hombres con el pecho desnudo, sin remera, y con suerte con un pantalón, pero luego hacemos especial hincapié en cómo las mujeres van cada vez más desvestidas por la calle y cómo esto no ayuda a prevenir situaciones de acoso o incluso de violación.

En el verano del 2017 se armó un interesantísimo debate en mi país a partir de una penosa situación: tres mujeres de diferente edad decidieron quedarse con los pechos al aire en una playa de la costa balnearia. Inmediatamente, un grupo numeroso de personas las rodearon acusándolas de falta de decoro y se llamó a la policía para que las retire del lugar. Entre quienes reclamaban había, obviamente, hombres sin remera, igual de desnudos que las mujeres a las que querían echar. La excusa era la consabida «¿cómo le explico esto a mis hijos?» que ponía la carga de responsabilidad en las tres mujeres y no en les padres como personas a cargo de explicar la vida a quienes decidieron traer al mundo.

A partir de esa situación, a los pocos días se armó en pleno Obelisco (centro de la ciudad de Buenos Aires) un tetazo en defensa de las tres mujeres que por poco van presas y también en defensa de una libertad que las mujeres parecemos nunca poder alcanzar de lleno. Obviamente, la manifestación se llenó de hombres que se dedicaron a filmar los cuerpos desnudos de las mujeres, criticar a las que no cumplían con los parámetros por ellos establecidos de belleza y a agredirlas con total impunidad. BASTA.

Las calles y el peligro constante de no sobrevivir

Hasta aquí he hablado de situaciones muy molestas y que a veces, cuando las reflexionamos desnaturalizándolas, indignan mucho. Pero eso no es todo. La ciudad es, además de todo lo que llevamos dicho, un espacio altamente peligroso para la mujer. Para cualquier mujer, sea cual fuere su aspecto, su edad, su peinado, su vestimenta y su forma de caminar. ¿Qué escucho? «Pero qué exagerada sos, yo puedo caminar libremente sin que nada me pase«. También «pero ya no se puede decir ni hacer nada con libertad en la calle, ¿dónde quedó el arte del cortejo? ¿cómo se va a conocer ahora la gente, cómo se van a unir las parejas

Vamos a decirlo claramente, por si tal vez todavía no se entendió. Las mujeres podemos perder la vida en cualquier calle de cualquier ciudad, en cualquier esquina o escondite, en cualquier plaza, en la entrada de cualquier edificio, en cualquier momento del día por el simple hecho de ser mujeres. 

Ahora que lo aclaramos podemos darnos cuenta que lo que aquí estamos hablando no es una pavada. La ciudad es un espacio hostil para la mujer. Transitar ya en cualquier momento del día puede ser peligroso, violento, inseguro pero las noches son ya casi una jungla donde a pesar de todo lo que se habla día tras día las mujeres siguen desapareciendo y reapareciendo muertas. Donde las prostitutas y las trabajadoras sexuales sufren de todo tipo de abuso de parte de los hombres, violencia de parte de la policía, persecución de parte de quienes las denigran y las estigmatizan. Donde las chicas jóvenes que quieren salir a entretenerse deben armar estrategias de logística dignas de la 2da Guerra Mundial para prevenir situaciones horribles. Donde los medios de transporte, cualquiera sea el caso, son enemigos y posibles amenazas. Donde no hay nadie que nos proteja, ni nos cuide ni nos acompañe realmente más que nosotras mismas.

Es por todo esto que creo que hay que transformar también a la ciudad en un espacio feminista. Debemos tomar los lugares donde se nos controla, donde se nos persigue o violenta y debemos demostrar que no somos marionetas de ese patriarcado que todo lo decide. Debemos salir a luchar cada vez que sea necesario, a llenar las plazas y a gritar con toda la furia. Debemos recorrer cada espacio de la ciudad en libertad y sin miedo.

No dejen de mirar, para cerrar, este video de la intervención que el grupo Fuerza Artística de Choque Comunicativa realizó el año pasado en diferentes lugares de Buenos Aires denunciando el control sobre los cuerpos femeninos y los femicidios. El lema fue «Femicidio es Genocidio». En esta intervención, un grupo de 50 mujeres se desnudaron frente al Congreso, se amontonaron como un gran cuerpo de cadáveres femeninos y permanecieron en silencio hasta estallar en un grito desgarrador.

Femicidio es Genocidio

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